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Orson Welles, director de cine experto en William Shakespeare, habla sobre el autor inglés en los textos que selecciono. Como es sabido, Welles consiguió estrenar tres películas basadas en textos de Shakespeare: Macbeth (1948), Otelo (1952) y Campanadas a medianoche (1967), esta última basada sobre todo en el drama histórico Enrique IV y centrada en el personaje de Falstaff, además de heredera del experimento de Welles en el teatro Cinco reyes, donde amalgamaba varias obras del Bardo. El drama renacentista fue elegido por el estadounidense para su grupo de teatro The Mercury, incluyendo el Doctor Fausto (1589) de Christopher Marlowe, pero sobre todo centrado en Shakespeare.

Sobre el estudio de las obras de Shakespeare (Roger Hill y Orson Welles, Everybody’s Shakespeare, 1934):

¡No las estudies! Léelas. Disfruta de ellas. Interprétalas. Es posible que Shakespeare no se sorprendiera al saber que sus obras aún están haciendo ganar dinero a productores y fama a actores en todo el mundo. Sin embargo, sí se sorprendería mucho al saber que están siendo estudiadas (obligatoriamente) en las aulas, que están siendo repasadas y criticadas por los académicos, analizadas minuciosamente por pedantes y suministradas en dosis sintéticas y diminutas, y de desagradable paladar, a los estudiantes, como si fuesen cápsulas de las Cartas de Cicerón o píldoras de la Geometría de Euclides… Pongamos a Shakespeare donde debe estar: en el escenario.

El mercader de Venecia: La historia de las tres arquillas (Orson Welles, Ciudadano Welles, 1994):

Para conseguir la mano de Porcia, el aspirante tenía que elegir la arquilla correcta. Bien; Bassanio es, básicamante, un cazafortunas. Cuando habla de Porcia por primera vez dice: “En Belmont queda una señora rica y es de tez clara…”. Tomando eso como una clave, mi idea fue que tuviera tres posibilidades plenas de elección de los cofres, que debía hacer bajo tres disfraces distintos. En otras palabras, debía llegar como el príncipe de Aragón, como el príncipe de Marruecos y como él mismo. De ese modo no podía perder.

Enrique IV: Falstaff/Campanadas a medianoche (Orson Welles, Ciudadano Welles, 1994):

Ocurre que no sucedió por casualidad que Hal se formara para ser el rey Enrique V. Desde el principio tuvo puesto el ojo en su futura gloria y dignidad. Eso es algo que nos comunica a lo largo de todo el relato, nos da un buen aviso. Nos encontramos con un joven complicado con una fantasmal y curiosa frialdad interior. Y tenemos también el encanto, la joie de vivre de la camaradería… Todo eso forma  parte de su vocación, el equipaje básico del perfecto príncipe de Maquiavelo. En otras palabras: de esa terrible criatura que es el gran hombre de poder.

Ahí tenemos el triángulo: el príncipe, su padre el rey y Falstaff, que es una especie de padre adoptivo. En esencia, la película es la historia de ese triángulo. En oposición a Falstaff, el rey representa la responsabilidad. Pero lo que es tan fascinante en Shakespeare es que el propio rey es un aventurero. Y él, que ha usurpado el trono, defiende la legitimidad. Y Hal tiene que traicionar al único hombre bueno de la historia para proteger una herencia dudosa y realizar su destino, fríamente elegido, de héroe inglés. Y naturalmente, Falstaff es en sí mismo un reproche y un rechazo de todas esas pretensiones reales y heroicas.

Creo que Falstaff es el único gran personaje en toda la literatura dramática que es esencialmente bueno. Es bueno en el sentido en que los hippies son buenos. La comedia trata de todos los defectos de ese hombre, pero estos defectos son triviales: su famosa cobardía es un chiste -un chiste que Falstaff parece contarse a sí mismo contra él mismo-; pero podría defenderse firmemente su valor; y su bondad es básica, como el pan y como el vino. Resplandece de amor, pide muy poco y al final, naturalmente, no consigue nada.

Incluso si nunca existió el “mejor tiempo pasado”, el que podamos concebir un mundo así es, de hecho, una afirmación del espíritu humano. El que la imaginación del hombre sea capaz de crear el mito de un tiempo pasado más abierto y más generoso no es un signo de nuestra locura. Cada país tiene su Merrie England, su Arcadia feliz, una época de inocencia, una mañana brillante de rocío en el mundo pasado. Shakespeare canta a ese mayo florido en muchas de sus obras y Falstaff -ese viejo pillo barrigudo- es su perfecta encarnación. Toda su pillería, su amor a la taberna, los embustes y jactancias no son más que una parte de él, como una breve canción que canta para acompañar su cena. Éstas no son las cosas que busca. En la película, recuncié deliberadamente a algunos de los chistes más importantes para permitir que hiciera su papel a su modo.

“Soñar el pasado” está maravillosamente representado por esos dos viejos, Shallow y Silence. Nos muestran la gran capacidad de atracción que tiene la idea de pensar en el pasado y de cómo Falstaff odia oír hablar de ello. “Hemos oído las campanadas de medianoche”. A Falstaff hay que aplaudirlo, darle la bienvenida, pero no darle una carga sentimental. Al menos eso es lo que yo trato de hacer.

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