Jack Cade Domingo, Jul 20 2008 

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Jack Cade es uno de los personajes de la segunda parte de la trilogía Enrique VI (1591), de William Shakespeare. En esa obra de teatro se hace un repaso por las guerras civiles inglesas de la segunda mitad del siglo XV, conocidas como La Guerra de las Dos Rosas. En 1450, los campesinos del condado de Kent protestaron contra el rey Enrique VI, publicando la Demanda de los pobres Comunes de Kent y tomando y saqueando Londres durante tres días. El líder de esta revuelta popular era Jack Cade.

Shakespeare hace a Jack Cade esbirro del duque de York, aspirante al reino. Pero, sobre todo, un precursor del anarquismo incendiario. Veamos por qué.

Se hace acompañar de una “multitud de desharrapados, patanes y aldeanos brutales e implacables” a los que dice: “Os batís por la libertad”. Su lema es “Estaremos en orden cuando lleguemos al mayor desorden”. La lista de nuevas medidas que aplicará cuando sea rey incluye: El delito de beber cerveza floja. La propiedad común de todos los bienes del reino. La abolición de la moneda. La muerte de todos los hombres de ley: sabios, letrados, cortesanos y caballeros. La libertad para todos los presos. Que las fuentes manen vino durante el primer año de su reinado. La quema de todos los archivos del reino. Que las mujeres sean tan libres como el corazón pueda desear o la lengua decir.

En cuanto sus gentes capturan a un escribano, lo ahorcan por hallarlo culpable de saber leer y escribir. Cuando ve que tiene que entrar en batalla, se arma caballero a sí mismo. Y persigue a lord Say porque sabe hablar francés y por lo tanto es un traidor, además de haber fundado una escuela de gramática, poner en uso la imprenta y construir una fábrica de papel. Jack Cade añade, con la insolencia que caracteriza a algunos de los mejores personajes de Shakespeare:

“Te será probado en tu cara que tienes en tu compañía hombres que hablan habitualmente del nombre y del verbo y otros vocablos abominables que ningún oído cristiano puede escuchar con paciencia. Has nombrado jueces de paz para que citasen ante ellos a pobres gentes a propósito de asuntos sobre los cuales no podían responder. Además, has hecho meter a esas pobres gentes en la cárcel, y porque no sabían leer, las has mandado colgar, cuando por esa razón solamente hubieran merecido vivir”.

Lo cierto es que en la época, las personas que sabían hablar latín se salvaban de la horca, así que tampoco anda tan descaminado el texto en su denuncia. Cade ordena cortar la cabeza de lord Say y la de su cuñado. Las ponen sobre sendos palos y las pasean por la ciudad, haciéndolas besarse en cada esquina.

Para consuelo de las gentes de orden, la revuelta fue sofocada y sus líderes ajusticiados. Así pudo seguir el reinado de Enrique VI con sus luchas intestinas y la monarquía inglesa hasta nuestros días, con su democracia, su flema y su paz tutelada. Pero este personaje había que reivindicarlo, porque no son tantas las veces que se ve mezclado el humor con la barbarie, la justicia poética con la comedia, la crítica al Estado con la crónica histórica, la literatura con la utopía.

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Las incorrecciones políticas en la literatura isabelina Sábado, Jul 19 2008 

LAS INCORRECCIONES POLÍTICAS EN LA LITERATURA ISABELINA

Por Antonio Tausiet

http://www.tausiet.com/
https://shakespeareobra.wordpress.com/
http://marloweobra.wordpress.com/

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La obra de William Shakespeare se enmarca dentro de la Era Isabelina, que incluye los reinados de Isabel I, Jacobo I y Carlos I (1558-1642). Se trata del Renacimiento inglés, que ocupa la segunda parte del siglo XVI y la primera del XVII. Marca en su país el inicio de la Edad Moderna y la recuperación del Humanismo a través de los clásicos grecolatinos.

En la historia universal de la literatura, el único fenómeno comparable al de Shakespeare es el de Homero, poeta griego del siglo VIII a. C., al que se atribuyen la Ilíada y la Odisea, bases de toda la cultura occidental. En las obras de Shakespeare el ser humano se comporta, sean cuales sean las circunstancias, como lo haría un personaje real. Trasciende la ficción para mostrarnos, ya no caracteres concretos, sino arquetipos, como ya remarcaba Johnson en su edición de 1765.

La siguiente gran etapa de la Historia de Inglaterra es la Era Victoriana, que abarca principalmente el siglo XIX y está marcada por la industrialización y los conflictos de clase, junto a una moral represora auspiciada por el poder y una reacción revolucionaria: el Romanticismo. La Era Victoriana barrió los rasgos isabelinos de la sociedad británica. Ello supuso una relectura de Shakespeare, despojándole de su profundo humanismo. La cultura contemporánea amalgama las visiones de ambas eras, y el poder económico y académico asume hoy como base teórica y moral el Humanismo, pero imponiendo restricciones represoras de toda índole e incorporando la exaltación de los sentimientos del Romanticismo.

Los estudiosos contemporáneos retoman el carácter indudablemente arquetípico de la obra de Shakespeare, arrojando visiones tamizadas por sus distintas ideologías, en el arco que va de la religión al nihilismo, pasando por el marxismo y el post marxismo. Shakespeare no toma partido, y esa es la mejor excusa para poder interpretarlo desde cualquier punto de vista. Según un amplio consenso, la piedra angular de su obra es el ser humano, con sus grandezas y miserias, despojado de títulos o etiquetas. Entre el sacerdote/ideólogo y el bufón/cultura popular, los argumentos de Shakespeare optan por el segundo, más cercano a las pulsiones universales que a los vaivenes de las doctrinas. Como afirma Jan Kott, el conflicto eterno es el poder, no la ideología. De ahí esa universalidad, en la que compite exclusivamente con la Biblia en nuestro ámbito.

Mientras que la Biblia sería el elemento trascendente del canon occidental, la obra de Shakespeare ocuparía el lugar de la escritura secular. Por un lado Dios, por otro el ser humano. Y más aún: según Harold Bloom, la creación de la personalidad humana tal como la entendemos hoy.

Pero Shakespeare también es un oasis, situado en el desierto ideológico que pasa de la Edad Media al auge de los puritanos ingleses. El Renacimiento, que supuso en buena parte de Europa un aire fresco que barrió los oscuros tiempos medievales, tardó cien años en llegar hasta Inglaterra, y el puritanismo (versión integrista del protestantismo anglicano) se encargó de que durase bien poco tiempo, enterrándolo definitivamente en 1642.

La libertad de la que disfrutaron las letras inglesas en el corto período presidido por William Shakespeare tuvo como principal fruto el catálogo magnífico de personajes y pulsiones que éste convirtió en imperecedero. Pero también la extravagante, divertida, polémica e impresionante colección de “incorrecciones políticas” que hoy nos siguen fascinando.

Christopher Marlowe y Thomas Kyd

El especialista en exageraciones fue, sin duda, Christopher Marlowe (1564-1593). Si ya su vida fue un compendio de situaciones extremas, repasando su obra nos encontramos con los villanos más malvados de la Historia de la Literatura (Tamerlán, Fausto, Barrabás, Mortimer y el duque de Guisa) y con un espectacular despliegue de descaro humorístico. Tres son los pilares sobre los que se asienta este descaro: crítica feroz a la religión, erotismo explícito y sucesos truculentos.

En la primera parte de Tamerlán el Grande, cuando éste consigue vencer a Bayaceto, líder de los turcos, Marlowe aprovecha para poner en sus labios una de las más divertidas invectivas contra los cristianos: “Contentos estarán los infieles cristianos y con júbilo tocarán sus supersticiosas campanas y encenderán luminarias celebrando mi vencimiento. Pero así muera yo si estos puercos idólatras no encenderán en mi honor hogueras con sus sucios huesos”. Los intestinos aplastados por los caballos y los sesos reventados contra los barrotes de las jaulas comparecen entre la apoteosis de casquería de la obra.

La segunda parte incluye una edificante escena didáctica: Tamerlán se autolesiona para que sus dos niños se laven las manos con su sangre. Después hace arrastrar su carruaje por los líderes vencidos, y reparte las prostitutas turcas entre sus soldados. También ordena ahogar a todos los hombres, mujeres y niños de Babilonia en el Mar Muerto. No contento con ello, quema el Corán para burlarse de los mahometanos.

En Doctor Fausto, el protagonista asegura a un bufón que le dará poder para convertirse en cualquier animal. El bufón elige la pulga, porque así podrá meterse entre las bragas de las jóvenes. De viaje al Vaticano, Fausto se encuentra con el Papa y “una hueste de frailes tonsurados con la barriga llena”. El Papa acaba recibiendo un puñetazo en la cara. Luego Fausto y Mefistófeles apalean a los frailes que están exorcizándoles, les tiran petardos y se van. Después, un mozo de cuadra roba un libro de Fausto y piensa usarlo para que todas las solteras de la parroquia dancen desnudas ante él y beber gratis en todas las tabernas.

En El judío de Malta se ridiculiza tanto al judaísmo como al cristianismo y al islam. Marlowe hace hablar a Maquiavelo en el prólogo: “Tengo a la religión por un juguete de niños y sostengo que no hay otro pecado que la ignorancia”. El judío Barrabás se regodea con su esclavo contándose ambos sus iniquidades contra los cristianos, a los que han robado y mutilado, cuando no mantienen “siempre ocupado al sepulturero”. El esclavo añade también que “los frailes y las monjas suelen divertirse juntos”. Luego, Barrabás envenena a todas las monjas de un convento, incluida su propia hija. Shakespeare dará una repuesta literaria al Barrabás de su rival, creando a Aarón el Moro, personaje depravado de Tito Andrónico.

El rey protagonista de Eduardo II tiene una relación homosexual. Como la Iglesia se opone, Eduardo afirma: “Con sacerdotes muertos haré henchir el cauce del Tíber y crecer sus orillas con sus sepulcros”. Para los nobles, el problema no es que el rey tenga un favorito varón, sino que ese hombre no pertenece a la nobleza. El amante de la reina, Mortimer, ordena la muerte de Eduardo, pero la redacta en latín, para dar lugar a una doble lectura y no poder ser inculpado. El rey muere mediante la introducción en su ano de una barra de hierro candente.

La masacre de París dispara alto: su crítica es contra el poder establecido y el uso que éste hace del miedo para someter a la población, exactamente como en nuestros días. Narra pormenorizadamente los envenenamientos, estrangulamientos y apuñalamientos históricos alrededor de la infame figura del duque de Guisa.

La obra La tragedia española, de Thomas Kyd, aunque no llega a alcanzar la sublime exageración de Marlowe, incluye episodios truculentos como la escena principal, en que un hombre es acuchillado y colgado, o la descripción de los horrores del infierno. Hacia el final de la trama, el protagonista se arranca la lengua; y algunos personajes enloquecen a causa de las muertes de sus seres queridos.

Pero es en Shakespeare donde hallamos la más nutrida colección de anécdotas “fuera de tono”. El genio inagotable nos ofrece toda una panoplia de curiosidades, además del robusto corpus literario que le ha dado fama. Veamos dos ejemplos: el del precursor del anarquismo, Jack Cade, y el de las referencias a la homosexualidad en la obra de Shakespeare.

El primer anarquista

Jack Cade es uno de los personajes de la segunda parte de la trilogía Enrique VI, de William Shakespeare. En esa obra de teatro se hace un repaso por las guerras civiles inglesas de la segunda mitad del siglo XV, conocidas como La Guerra de las Dos Rosas. En 1450, los campesinos del condado de Kent protestaron contra el rey Enrique VI, publicando la Demanda de los pobres Comunes de Kent y tomando y saqueando Londres durante tres días. El líder de esta revuelta popular era Jack Cade.

Shakespeare hace a Jack Cade esbirro del duque de York, aspirante al reino. Pero, sobre todo, un precursor del anarquismo incendiario. Veamos por qué.

Se hace acompañar de una “multitud de desharrapados, patanes y aldeanos brutales e implacables” a los que dice: “Os batís por la libertad”. Su lema es “Estaremos en orden cuando lleguemos al mayor desorden”. La lista de nuevas medidas que aplicará cuando sea rey incluye: El delito de beber cerveza floja. La propiedad común de todos los bienes del reino. La abolición de la moneda. La muerte de todos los hombres de ley: sabios, letrados, cortesanos y caballeros. La libertad para todos los presos. Que las fuentes manen vino durante el primer año de su reinado. La quema de todos los archivos del reino. Que las mujeres sean tan libres como el corazón pueda desear o la lengua decir.

En cuanto sus gentes capturan a un escribano, lo ahorcan por hallarlo culpable de saber leer y escribir. Cuando ve que tiene que entrar en batalla, se arma caballero a sí mismo. Y persigue a lord Say porque sabe hablar francés y por lo tanto es un traidor, además de haber fundado una escuela de gramática, poner en uso la imprenta y construir una fábrica de papel. Jack Cade añade, con la insolencia que caracteriza a algunos de los mejores personajes de Shakespeare:

“Te será probado en tu cara que tienes en tu compañía hombres que hablan habitualmente del nombre y del verbo y otros vocablos abominables que ningún oído cristiano puede escuchar con paciencia. Has nombrado jueces de paz para que citasen ante ellos a pobres gentes a propósito de asuntos sobre los cuales no podían responder. Además, has hecho meter a esas pobres gentes en la cárcel, y porque no sabían leer, las has mandado colgar, cuando por esa razón solamente hubieran merecido vivir”.

Lo cierto es que en la época, las personas que sabían hablar latín se salvaban de la horca, así que tampoco anda tan descaminado el texto en su denuncia. Cade ordena cortar la cabeza de lord Say y la de su cuñado. Las ponen sobre sendos palos y las pasean por la ciudad, haciéndolas besarse en cada esquina.

Para consuelo de las gentes de orden, la revuelta fue sofocada y sus líderes ajusticiados. Así pudo seguir el reinado de Enrique VI con sus luchas intestinas y la monarquía inglesa hasta nuestros días, con su democracia, su flema y su paz tutelada. Pero este personaje había que reivindicarlo, porque no son tantas las veces que se ve mezclado el humor con la barbarie, la justicia poética con la comedia, la crítica al Estado con la crónica histórica, la literatura con la utopía.

Shakespeare y la homosexualidad

La delgada línea rosa que separa la amistad del amor era todavía más sutil en tiempos de Shakespeare, y éste aún profundizó más en ello que sus contemporáneos. Así, en El mercader de Venecia, que suele ser recordada por su carácter antisemita, aparece un triángulo amoroso que no ofrece ningún conflicto a sus miembros: Antonio, el mercader, ama a su protegido Bassanio hasta la melancolía; éste, a su vez, se casa con Porcia, que comprende a su marido y le estimula a mantener la relación con Antonio.

Esta cordialidad no se mantiene en los Sonetos. El protagonista, quizás el mismo autor, cuenta que tiene dos amores: un hombre muy bello y una mujer malvada. Al final, la mujer seduce al joven, y Will (así se autodenomina el poeta) queda compuesto y sin novios.

En la comedia Noche de Reyes, un nuevo enamorado homosexual se suma a la lista de Shakespeare: se trata de Antonio (del mismo nombre que el mercader de Venecia), que ama a Sebastián, hermano gemelo de Viola. La cosa se complica, porque Viola está disfrazada de hombre y Antonio la confunde con su hermano. Y si a esto añadimos que en tiempos de Shakespeare los papeles femeninos eran interpretados por varones, la confusión va en aumento.

Aquiles y su amante Patroclo son actores secundarios en la extraña obra Troilo y Crésida, aunque en este caso no se ofrece ningún dato acerca de su relación: sólo se divierten juntos, y algún golpe se lleva Patroclo por parte de Aquiles.

La homosexualidad latente reaparecerá en Los dos nobles caballeros: Emilia (hermana de Hipólita, reina de las amazonas) hace una alabanza del amor entre mujeres, rememorando una relación que tuvo a los once años. Acaba diciendo: “El verdadero amor entre doncella y doncella puede ser más que el de los sexos divisos”.

Quizás todas estas referencias no pasen de meras curiosidades, pero su recopilación aporta una nueva mirada al pensamiento de quienes habitaban Europa hace 400 años. La provocación intelectual va siempre unida al pensamiento crítico, y éste es el que hace evolucionar a las sociedades. Aunque a la luz de las anécdotas reseñadas, las cosas no parecen haber cambiado demasiado.

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Conceptos y nombres asociados Lunes, Jul 18 2005 

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Reproduzco unos interesantes párrafos del escritor y editor Andreu Jaume, extraídos de dos fuentes distintas. Por un lado, en su edición de las Obras Completas de William Shakespeare (2012-2013) traducidas al castellano, escribe:

En época de Shakespeare, el inglés estaba todavía en una fase amorfa, no había criterios ortográficos -su propio nombre se escribía de las maneras más variadas y absurdas, y faltaba mucho para que Samuel Johnson pusiera orden con el primer Diccionario-, ni por supuesto gramaticales o sintácticos. La koiné cultural era aún el latín, lengua en la que se escribía la teología y la filosofía. Con su prodigiosa intuición, Shakespeare operó en una tierra prácticamente virgen. Y con el eco de Grecia y Roma y la ayuda de algunos predecesores, creó un mundo nuevo.

Los principales antecesores de Shakespeare en su tarea son, por un lado, el medieval Chaucer y, por otro, Edmund Spenser, el poeta isabelino, autor de La reina de las hadas, el poema épico de su tiempo. A ellos habría que añadir sin duda el ejemplo de Christopher Marlowe que, según hemos visto, probablemente deslumbró al joven poeta a su llegada a Londres a finales de los años ochenta del siglo XVI. Marlowe creó la moderna tragedia inglesa en obras como Tamerlán, El judío de Malta, Doctor Fausto o Eduardo II y elevó el verso blanco a la categoría dramática que aún no tenía. El blank verse -verso contado pero no rimado-, el principal instrumento de Shakespeare (aunque no el único, pues a menudo, y no solo en la poesía, utilizó la rima y otros metros), no fue un invento de Marlowe ni de Shakespeare sino de Henry Howard, conde de Surrey, en su traducción parcial de la Eneida, publicada en 1554, de tal modo que la herramienta principal del Bardo se forjó según un modelo latino, como tantos otros elementos de su estética.

Tampoco la tragedia inglesa fue una ocurrencia de Marlowe. La historia del teatro inglés hunde sus raíces en la noche medieval, concretamente en la liturgia de la Iglesia, de la que se derivó el drama religioso, especialmente en los llamados milagros y en las moralidades, piezas edificantes y alegóricas sobre asuntos como el amor divino, la muerte o la resurrección. Tras ello, el drama, tanto en la comedia como en la tragedia, sufre un lento proceso de secularización bajo la disciplina clásica, con traducciones e imitaciones de autores latinos, principalmente, como Terencio, Plauto, y, sobre todo, Séneca.

Por otro lado, en su blog personal, Andreu Jaume aporta, entre otras, estas informaciones:

Cuenta Robert Graves en su ensayo “Harp, Anvil, Oar” (“Arpa, yunque, remo”) que la métrica acentual propia de la lengua anglosajona se originó en la tradición celta, donde los poetas se consagraban a la diosa Brigid, protectora de los poetas, los herreros y los médicos, tres gremios que compartían vínculos sagrados, de tal modo que los acentos de aquella poesía primitiva surgieron del diálogo de dos martillos que golpeaban alternativamente sobre un yunque, cinco veces, en honor de las cinco estaciones del año celta, un ritmo que engendró la música de lo que mucho tiempo después se llamaría pentámetro yámbico y que sería la herramienta principal, entre muchos otros, de Shakespeare.

Eleusis era la ciudad donde se celebraban los Misterios consagrados a Deméter, diosa de la agricultura y de la fertilidad, cuya hija, Core, posteriormente llamada Perséfone, fue raptada por Hades, dios del inframundo. Deméter buscó desconsolada a Core durante nueve días con sus nueve noches hasta que, al décimo, llegó a Eleusis, donde los reyes Céleo y Metanira la hospedaron amablemente. En palacio, había una criada coja, Yambe, hija de Pan y la ninfa Eco, que consoló a la diosa con cantos lascivos. Según algunas elucubraciones, el ritmo yámbico (que parece reproducir una cojera fonética: da-dum, da-dum, da-dum, da-dum, da-dum: “so lóng as mén can bréathe or éyes can sée”) deriva de esas canciones y del baile que las acompañaba en los misterios eleusinos.

A lo largo de toda la obra de Shakespeare, desde las comedias más tempranas y los primeros dramas históricos ―La comedia de errores o Enrique VI― hasta los romances, se observa una evolución métrica que supone una lenta desviación del pentámetro yámbico (un concepto sólo acuñado en el siglo XIX), mucho más preceptivo en las primeras piezas que en las últimas, donde Shakespeare se ha emancipado visiblemente de los modelos en los que se educó y ha creado un nuevo y genuino sistema prosódico donde el pentámetro es ya tan sólo el mástil de la veleta que el viento de su poesía hace girar a conveniencia, de un modo a la vez caprichoso y exacto.

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